¿Por qué en Chile el ser pobre no significa ser desempleado?

octubre 21, 2010
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Definitivamente la situación de los mineros de Copiapó ha comenzado a dar pie a una discusión más profunda respecto a la realidad en que se encuentran miles de trabajadores chilenos, los cuales además de trabajar en condiciones de inseguridad deben conformarse con sueldos precarios.

Hace poco leí una nota de Vivían Lavín titulada “El 70 por ciento de los pobres son asalariados” y la verdad es que da mucho que pensar. La cifra, sacada de la última encuesta Casen, de por si ya es preocupante porque implica que pese a tener un trabajo un porcentaje alto de la población sigue en situación de pobreza.

Una interrogante que me planteó el texto fue el hecho de que la línea de pobreza en el país está fijada en algo más de 64 mil pesos mensuales, entonces ¿cómo es posible que personas que reciben un salario, considerando que el mínimo está fijado por ley en 172 mil pesos, puedan estar lidiando mes a mes con la escasez de recursos?

A simple vista la respuesta no parece ser otra que en Chile aún se mantienen trabajos mal pagados, agravados por inestabilidad e inseguridad. Sin temor de pecar de reiterativo, el país por años se comparó con países de la región, muchos de los cuales no presentaban mayor mérito en cuanto a cifras macroeconómicas y desestimó igualarse a los llamados países desarrollados. Esto no hizo más que adormecer la estrategia de crecimiento y fomentar el conformismo con los buenos números a nivel local.

Actualmente el país tiene un 15% de pobres, porcentaje que no incluye a las personas sin hogar o como eufemísticamente se les llama en el país, “en situación de calle”. Si de esa cantidad hay gente que se mantiene en una realidad económica precaria pese a recibir un remuneración por su trabajo, es porque algo mal estamos haciendo.

La educación como soporte

En el artículo al que hago mención en esta nota se cita a Silvia Leiva, master en políticas públicas de la Universidad de Chile, quien hace una ecuación: “A mayor educación, hay más probabilidades de encontrar empleo y, por lo tanto, mayores probabilidades de mejorar ingresos. A mejor salud, en función del ausentismo laboral, hay mayor productividad que quiere decir que con más licencias médicas se tiene menos eficiencia”.

Debo decir que estoy de acuerdo con lo último. Es más, la mala utilización de las licencias médicas hace que el país pierda millones de dólares al año, sin embargo tengo mis dudas respecto a la primera afirmación. Para ningún profesional joven es un misterio que el mercado no garantiza un buen pasar pese a poseer un título, pues los sueldos para los novatos o para los con escasa experiencia laboral muchas veces superan por poco el sueldo mínimo y tampoco dan garantías de continuidad por la precariedad de los contratos.

El asunto quizás no pasa tanto por factores técnicos, sino por una mezquindad de algunos sectores de la población que son los que aglutinan la mayor parte de la riqueza del país. No es posible que hoy por hoy la inversión de estudiar algunas carreras profesionales sólo se recupere después de 15 ó 20 años de trabajo, tomando en cuenta el nivel de sueldos existentes en el mercado.

Esta realidad no hace más que desmotivar el estudio y la capacitación profesional, especialmente entre los sectores de vulnerabilidad económica. Y es qué, que sentido puede tener el gastar tiempo y dinero para hacerse con un título si el mercado no valora esa inversión, dinero que precisamente no sobra en la gran mayoría de las familias chilenas. Acá es donde aparecen los trabajos informales o de baja capacitación como la mejor opción para contribuir a la economía doméstica.

Aprendiendo de otros

Si es por comparar, el reciente terremoto dejó varios ejemplos de lo lejos que estamos en el perfeccionamiento de la mano de obra local y por ende de mejorar su competitividad. Es cosa de recordar la visita de trabajadores canadienses titulados en el instituto de carpintería de Quebec para ver el grado de profesionalismo alcanzado por los norteamericanos en trabajos que acá sólo son considerados oficios.

Otro ejemplo puede ser la estructuración salarial dependiendo del nivel de estudio de las personas, estrategia utilizada por algunos países europeos y que establece mínimos a partir de los conocimientos sobre una materia que tenga el trabajador. Todos modelos replicables en el país si se estableciera una política social más definida.

Es cierto que empresarios y empleados no pueden existir el uno sin el otro, ambos actores son parte de un engranaje establecido por siglos pero que como todo es perfectible. Quizás sea hora de nivelar la economía desde la perspectiva de los trabajadores extendiendo los beneficios y aminorando una de nuestras vergüenzas como nación, la brutal desigualdad en la repartición de los ingresos.

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