El trabajo informal en un país que busca el pleno empleo

diciembre 14, 2010
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La baja constante en las tasas de desocupación que viene mostrando el país durante los últimos meses ha cambiado radicalmente el panorama para los analistas. El último registro, correspondiente al trimestre móvil agosto-octubre, cerró en un 7,6% lo que ha dado pie para que diversos sectores comiencen a celebrar la llegada del ansiado Pleno Empleo.

A diferencia de lo que muchos pudieran pensar y de la definición que tiene este concepto en los libros de economía, el pleno empleo no es la igualdad entre oferta y demanda de trabajo, pues en la realidad ésta se logra manteniendo un margen de cesantes para evitar los riesgos inflacionarios que el aumento de dinero circulante y de personas con poder adquisitivo pudiera generar.

Para el Banco Central la tasa de desempleo que, paradójicamente, marca el pleno empleo es en torno al 7,5% según las metas 2009 del ente regulador. Para el ex decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad de Chile, Joseph Ramos, el número mágico sería el 6,5%, cifra que fue dada a conocer por el académico hace tres años, en un contexto de crecimiento regular pero menor al actual.

Cantidades más o menos, lo cierto es que el ritmo de crecimiento mostrado por la economía local ha hecho reducir los tiempos en la conquista de metas macroeconómicas. Si el año pasado se estimaba que el logro de esta situación ideal, donde todos los que quisieran trabajar tuvieran acceso a un empleo, demoraría entre cuatro y cinco años, hoy en día se cree que dicho fin se cumplirá durante los primeros meses de 2011. 

Si bien llegar al pleno empleo es un logro que podríamos definir como de país, no hay que olvidar que los grandes datos económicos por lo general ocultan una realidad que suele reventarnos en la cara por la falta de políticas acertadas con que las administraciones pasadas y la actual han respondido a las necesidades de la gente común.

Trabajadores informales, un grupo en riesgo

Aunque es verdad que en el último informe del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) aumentó el número de asalariados y se redujo la cantidad de personas con empleos por cuenta propia o autónomos, no se pude dejar lado a quienes se desempeñan en trabajos informales, es decir aquellos que no poseen beneficios en salud y/o pensión, que reciben sueldos más bajos y que sufren de una mayor precariedad laboral.

Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), a fines de los años 90 en Chile un poco más del 30% de los trabajadores nacionales se definían como informales. Si bien el país tenía la tasa más baja de informalidad laboral en el región, seguido por Colombia con cerca de un 38% y bastante lejos del casi 60% que registraba Bolivia, la cifra era bastante alta en comparación a las naciones desarrolladas.

De hecho, datos más actuales señalan que antes de la crisis económica mundial los países ricos tenían un 9,5% (2007) de trabajadores no formales, cifra que aumentó hasta en dos puntos por el colapso financiero. Esta información de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) se puede comparar con los aportados por un informe de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) difundido el año pasado.

En ese documento, creado por la preocupación del organismo en el alza de los trabajos informales en países en vías de desarrollo a raíz de la crisis, Chile seguía siendo la nación con el número de trabajadores informales más bajo de Latinoamérica (35,8%), seguido por Panamá con el 37,6%. En el otro extremo se ubicaban Ecuador con el 74,9% y Haití con el 92,6%.

Tomando en consideración estos datos quizás sea bueno definir nuestras prioridades. Seguir buscando romper marcas macroeconómicas que nos permitan mantener nuestro papel de país aplicado de la región en materias económicas (y de libre mercado) o preocuparnos de establecer políticas que permitan la creación de puestos de trabajo decentes y con una cobertura social adecuada.

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